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Terra
La Coctelera

NI KAMICASES NI GAITAS

Pésima señalización.

Quien esto escribe, es un conductor con más de sesenta años de experiencia.

El pasado viernes día 28 tuve que desplazarme a la boda de un sobrino que se celebraba en La Puebla de Cazalla, un pequeño pueblo de la provincia de Sevilla. Terminada la cena de esponsales, sobre la una y media de la madrugada, hubo que subir al coche para volver al hostal Los Ángeles, donde debíamos pernoctar, pero por ser esta la primera vez que visitábamos el pueblo, no sabíamos el camino. Como el hostal estaba en las afueras del pueblo al borde de la antigua carretera Sevilla-Granada, frente a una pequeña gasolinera, emprendimos el camino un poco a tientas porque a esas horas no había nadie a quien preguntar. De momento, los indicadores de carretera brillaban por su ausencia. Yo no bebo, no porque me prive por lo de “si bebes no conduzcas”, sino, simplemente, porque no me gusta el alcohol.

Intentaba encontrar un poste que indicase la dirección a la autovía Sevilla-Granada, donde pensaba sería más fácil encontrar el hostal, pero no había ningún poste indicador a la vista. Finalmente, cuando en mi, de momento infructuosa búsqueda, circulaba por una carretera de dos carriles sin arcén y protegida por dos vallas bionda (los mal llamados guardarrailes) una a cada lado, empecé a observar que los coches que circulaban en contra, afortunadamente muy pocos, me hacían desesperadas señales con las luces y al cruzar con ostentosos bocinazos, que me dieron a entender que “algo” estaba mal. La única explicación razonable, aunque nada me lo indicaba salvo la conducta de los demás conductores, era que estaba circulando a contramano. Pero hacía ya varios minutos que circulaba por ella y no podía volver atrás, ni salirme, ni dar la vuelta porque las vallas a ambos lados me impedían hacerlo, por lo que seguí despacio hasta encontrar un pequeño ensanche donde al fin pude salir de tan comprometida y peligrosa situación.

Cuando llegué al hostal, en la barra del bar que sirve de recepción, estaba la pareja de la guardia civil a la que conté lo sucedido, pero mientras lo estaba haciendo, llamaron por radio del cuartel para comunicarles que tenían información de que por la zona estaba circulando un kamikase.

UNA VEZ MAS

Una vez más, tenemos que asistir impávidos a las consecuencias de una absurda legislación de tráfico.

Un conductor que circula con su flamante automóvil por una carretera convencional, atropella y mata a un ciclista que circulaba por la misma. Como según la absurda Ley actual, la culpa fue del ciclista, el conductor sale absuelto del lance y su compañía de seguros indemniza a los padres del ciclista. Pero si según los términos de la sentencia el culpable había sido el ciclista, el conductor se siente perjudicado y pide a los padres del muerto la correspondiente indemnización por los daños sufridos por su coche. ¡Nada menos que 20.000.€!

Tal y como hoy están las leyes de tráfico, tiene toda la razón, porque en España y me temo que en el mundo entero, las leyes de tráfico no contemplan el peligro real, sino un riesgo hipotético basado en una premisa falsa, en un prejuicio: “La velocidad es peligrosa”. Pero no es cierto. Lo intrínsecamente peligroso no es la velocidad en si misma. Lo realmente peligroso es la velocidad inadecuada a las circunstancias; a todas las circunstancias, como pudo ser el ciclista cruzándose en el camino de ese conductor. El nuevo tren AVE correría grave riesgo si se lanzase a 300 kilómetros por hora por una vía convencional, pero no lo corre si lo hace por la vía adecuada.

Aunque este señor circulase a velocidad legal por esa carretera secundaria, es evidente que su velocidad, era a todas luces inadecuada, porque a la velocidad adecuada habría debido poder dominar su coche ante cualquier maniobra equivocada que hubiese emprendido el ciclista. El conductor debe ser en todo momento dueño del movimiento de su vehículo. Si este señor hubiese circulado a 200 kilómetros por hora en un día claro y seco, por una autopista solitaria donde hubiese tenido por delante tres kilómetros de camino libre de obstáculos a la vista, con un coche moderno no habría corrido riesgo alguno y sin embargo, si hubiese sido detectado por algún radar automático, por el simple hecho de circular a esa velocidad y sin necesidad de matar a nadie, según las leyes vigentes, habría acabado en la cárcel por conducir temerariamente. Sin embargo el hecho de haber atropellado y matado a una persona, no le ocasiona el menor trastorno legal y encima la Ley le permite pedir impunemente una indemnización a los padres del chico a quién él mismo mandó al otro mundo. ¡Vivir para ver!

DECÁLOGO DE TRÁFICO

ARTÍCULO 1º. Los conductores han de ser dueños en todo momento del movimiento de sus vehículos y serán siempre responsables, civil y criminalmente de cuantos daños puedan ocasionar con ellos.

No es más que la transcripción resumida del Art.17 del viejo Código de la Circulación, que parece haber sido olvidado por nuestras autoridades de tráfico, que en cambio, han entrado en un jardín de velocidades peligrosas sin percatarse de que ninguna velocidad es intrínsecamente peligrosa. Lo peligroso en cualquier caso, podrían ser las circunstancias para cualquier velocidad o la velocidad, mucha o poca, inadecuada a las circunstancias concurrentes.

De una sencilla fórmula matemática se desprende que la velocidad de “aterrizaje” de un salto en caída libre desde un tercer piso es de solo 50 kilómetros/hora, velocidad mas que moderada y legal casi siempre, pero muchas veces inadecuada y susceptible de causar un gran desastre. Pero por ser normalmente legales las velocidades inadecuadas, no son detectables por los radares y es por ello, que a pesar de ellos siguen los accidentes y muertos de carretera como estamos viendo cada semana. La leve reducción que a veces se aprecia se debe más a los controles de alcoholemia y al más frecuente uso de los cinturones de seguridad que a los radares.

Las velocidades ilegales, están determinadas desde un despacho sin tener en cuenta las circunstancias y de ahí su absoluta ineficacia para evitar accidentes. Unas veces se pasan y otras no llegan. Por una autovía o autopista helada no se puede circular a 120, aunque sea legal. Pero de día y con buen tiempo, se podría circular por ella a más de 150 sin ningún peligro, aunque sea ilegal. El exceder una velocidad legal, si no hay otras circunstancias que lo desaconsejen, no provoca ningún accidente ni riesgo, solo multas por “exceso de velocidad” y pérdida de puntos del carné. Pero es evidente que quien se estrella o se sale por la tangente en una curva a cualquier velocidad, no circulaba con la precaución necesaria o no tenía los conocimientos adecuados para el menester, por lo que en justicia, debería pagar por todos los daños causados, incluida pena de cárcel si causó víctimas mortales y aprender a conducir prudentemente.

Si las leyes penalizasen duramente a quienes realmente y a cualquier velocidad han demostrado con hechos consumados no conducir con las debidas precauciones o conocimientos, pronto veríamos bajar drásticamente la tasa de accidentes y muertos de carretera. Pero como según vamos viendo, lo que se hace es cazar con saña y alevosía a “presuntos peligrosos delincuentes de la carretera” que solo circulan mas deprisa por donde realmente se puede, sin causar el menor daño ni molestia a nadie, tenemos lo que tenemos. ¡Es tan fácil y productivo poner un radar insospechado en el tramo de carretera que más se preste a correr sin riesgo y esperar cómodamente a que caigan incautos que rellenen con sus multas las arcas de Tráfico, aunque no sirva en absoluto para evitar accidentes! Conste que no estoy propugnando que la gente se despepite corriendo por las carreteras, como parecen. pensar muchos. Nada de eso. Cada conductor debe acomodar su velocidad a las circunstancias y si se equivoca y se accidenta debe caer sobre él todo el peso de la Ley, especialmente si su imprudencia temeraria causó victimas mortales.

Esta sería además la única forma de que los conductores cargasen con su plena y propia responsabilidad y se atuviesen siempre a la velocidad adecuada a las circunstancias de cada momento. Que no ocurra lo que está sucediendo ahora, que hay multitud de conductores sin carné, simplemente por circular mas deprisa sin haber tenido jamás un solo accidente ni leve, mientras otros siguen con todas sus prerrogativas tras haber ocasionado accidentes gravísimos con victimas mortales.

ARTÍCULO 2º En todas las concentraciones urbanas, ciudades, pueblos y aldeas debidamente señalizadas, los peatones y ciclistas tendrán siempre preferencia absoluta. Aunque los conductores no tengan expresamente prohibida la circulación por estos lugares, el atropello y muerte de un peatón o ciclista en ellos se considerará siempre homicidio por imprudencia con la pena carcelaria correspondiente.

Es preciso recuperar las ciudades para los ciudadanos. La situación actual, que tiende a empeorar aceleradamente, no puede continuar. Es ya imposible desterrar los vehículos privados de las ciudades, pero al menos es necesario relegarlos a su propia servidumbre. Es evidente que los coches no pueden ser los dueños de las ciudades. En Italia no hay casi semáforos, solo hay pasos cebra a veces muy largos y cuando pasa un peatón los coches afectados por su paso se detienen rigurosamente, aunque por el resto del paso cebra los coches sigan circulando con normalidad. En los Países Bajos las bicicletas tienen la misma autonomía que los peatones y preferencia absoluta sobre el resto de vehículos motorizados. En realidad, creo que se puede llegar a una “entente cordiale” entre conductores y peatones, partiendo de la base de que el “señor” es el peatón y los coches tienen que respetar su paso rigurosamente. Tal vez sea algo molesto para el conductor, pero tendremos que acostumbrarnos. Eso contribuiría a moderar la velocidad en los puntos conflictivos de las ciudades, porque el conductor sabrá con seguridad que en caso de accidente el culpable sería siempre él y podría ser acusado de homicidio por imprudencia. Pero para evitar que el uso de esta prerrogativa de los peatones provoque accidentes “interesados”, los peatones accidentados tendrían derecho de asistencia pero no a indemnización alguna.

En cada entrada de ciudades y pueblos, se establecerían grandes aparcamientos disuasorios, donde se podrían dejar los vehículos a precio razonable y alquilar el medio propio (bicicleta o taxi) o utilizar el transporte público adecuado.

ARTÍCULO 3º Quedan abolidas todas las preferencias de paso. En las intersecciones, siempre previa, suficiente y claramente señalizadas, tendrá preferencia quien llega antes y todo conductor que con su vehículo embista a otro, será responsable civil y criminalmente de todos los daños causados. En caso de exacta coincidencia pasará primero el situado a la derecha.

En los EE.UU., no hace falta detenerse en los Stops, solo acceder a ellos muy despacio y pasa primero quien llega antes. Aquí podría implantarse esta misma norma, siempre que los cruces estuviesen previa y claramente advertidos con la suficiente antelación e inmediatamente antes del evento, como lo están en los EE.UU. En España estas circunstancias no se advierten, porque aquí las señales no se usan para informar, sino para imponer. Aquí, simplemente, se pone una limitación de velocidad sin ninguna explicación y el conductor debe limitarse a obedecerla. Si no lo hace, algún radar se encargará de él. Sin embargo, el conductor que ha sido advertido de que mas adelante puede encontrarse con otro vehículo que cruza o se incorpora, debe reducir su velocidad y poner los medios para no estamparse contra él. En La Mancha, tan llana, donde estas situaciones pueden advertirse con kilómetros de antelación, ponen el disco de limitación a 40, cuando en la mayoría de los casos no habría hecho falta reducir velocidad alguna, porque por el cruce, que estás viendo desde un kilómetro antes, no pasa nadie.

Caso diferente sería el de una autovía o autopista, donde el constructor debe prever un tramo de carril de aceleración lo suficientemente largo para que el vehículo que se incorpora pueda alcanzar la velocidad necesaria para no interferir la marcha de los que ya circulan por ellas. Por el contrario, lo mas frecuente aquí son las incorporaciones a 45 grados sin carril de aceleración, donde el conductor no puede ver en sus retrovisores lo que se acerca y para verlo tendría que torcer su cuello 135 grados, cosa imposible para el género humano, por lo que intenta ver si algo se aproxima girando al máximo su cabeza a riesgo de descoyuntarse el cuello y si no ve nada próximo, arrostra el riesgo de entrar, cosa peligrosísima si lo que se aproximaba lo hacía a gran velocidad, porque la colisión se habrá producido en muy pocos segundos, sin tiempo para frenar o corregir la trayectoria. A falta de este carril de aceleración, una solución de compromiso, aunque insuficiente, sería poner la entrada en paralelo, de forma que al menos quien se incorpora, pueda ver con facilidad en su retrovisor izquierdo lo que se aproxima por detrás.

Pero un fenómeno curioso es el que sucede a ciertas horas en ciertos puntos de las entradas o salidas de las pequeñas ciudades y grandes pueblos españoles. Generalmente en estos aledaños se han instalado muchos polígonos industriales donde a ciertas horas concurre mucha gente. A las horas de entradas y salidas del trabajo en estos polígonos industriales se forman dos caravanas; la de los que entran en la ciudad a un lado y la de los que salen de ella a otro. Ambas formaciones avanzan muy despacio cada una en sentido contrario a la otra. Pero si algún conductor necesita salir de la caravana por su izquierda, ve imposibilitada su maniobra porque los coches de la otra mano se lo impiden. Al llegar al punto de salida, ponen el intermitente izquierdo y paran en el centro, estorbando a los conductores de su mano, esperando a que llegue el claro de la otra fila que les permita cruzar, pero ese claro es difícil que se presente, porque al disminuir la velocidad se produce naturalmente una congestión. A ninguno de los conductores que están impidiendo la maniobra se le ocurre frenar un poco y provocar el claro que permita pasar al otro. Pero es más, si algún conductor (yo lo hago siempre) tiene la amabilidad de facilitar este paso frenando y dando un destello de aviso, el conductor que esperaba no entiende la señal y sigue sin pasar, porque no está acostumbrado a que esta forma de colaboración pueda ocurrir. Alguien (por ejemplo la D.G.T. que tanto se prodiga ahora en los medios) debería advertir a estos conductores intransigentes que se aferran a su preferencia, que el dejar pasar al otro no les va a hacer perder tiempo alguno, porque una vez que ha pasado el que esperaba, se van a encontrar en la misma situación en que estaban antes; detrás de quien les precedía.

Esto mismo ocurre en calles preferentes de mucho tráfico sin semáforos y las calles concurrentes. Los conductores preferentes no saben el tiempo que lleva esperando quien pretende entrar en la calle preferente, ni comprende que el dejarle entrar, por la misma razón que hemos explicado anteriormente, no les va a hacer perder ningún tiempo. Es mas, si alguien intenta forzar la entrada después de diez minutos de espera, los preferentes se enfadan y pitan y pitan y pitan… como si estuviesen asistiendo a una intromisión intolerable.

Pero algo lamentable es lo que está ocurriendo con las nuevas rotondas o glorietas instaladas en carreteras de mucho tráfico como la Nacional 340 a lo largo de la Costa del Sol y supongo que también en toda la costa mediterránea. Aunque la autovía ha descongestionado bastante esta antigua vía costera, como la preferencia en cada glorieta la tiene quién ya esta inserto en ella y en cada una se produce una reducción de velocidad y el correspondiente atasco puntual, resulta que quienes esperan para cruzar o incorporarse, lo tienen imposible, porque los conductores preferentes se aferran a su derecho y los que esperan podrían pasarse mucho tiempo esperando el cruce o la incorporación. Los intolerantes no comprenden y nadie les hace comprender (la D.G.T. por ejemplo) que incluso en el caso de que todos los que esperan se incorporasen a la fila, lo que van a llegar mas tarde a su destino es el tiempo que tarden en recorrer lo que midan todos los coches incorporados y su servidumbre, que puede suponer en total como unos diez segundos. En cambio, a los que esperan, les podrían dar las uvas esperando. Sería mucho más lógico que, con la aquiescencia de todos, cada conductor intentase entrar en el primer hueco que se presente y que los conductores afectados frenasen para facilitar la maniobra. A esto se llama simplemente colaboración y tolerancia. ¿Se imaginan en la Gran Vía de Madrid a algún conductor que pretendiese girar en redondo con su coche? Pues esa misma maniobra se hace sin la menor dificultad en la calle equivalente de Londres. En Regent Street, cualquier conductor pone su intermitente y los demás le dejan espacio suficiente para que pueda completar su maniobra.

En la Costa del Sol donde se producen tantas incorporaciones a 45 grados (las más peligrosas por las razones ya aducidas) el carril derecho de los dos que existen, está prácticamente en desuso, porque es frecuente encontrarse en él con vehículos a muy poca velocidad. Pero si circulando por él, te encuentras a uno de esos vehículos semi parados, desconfía de que los que circulan por el carril izquierdo a velocidad normal, te permitan entrar en él para salvar el obstáculo y si intentas forzar la entrada te freirán a bocinazos. Experiencia dixit. Otro tanto ocurrirá si circulando en autovía por el carril derecho te encuentras con un trasporte pesado o camión lento. Los que circulan por el carril izquierdo seguirán pasando a toda velocidad, sin importarles un bledo dejarte atascado tras el camión, hasta que se produzca naturalmente el casi imposible claro que te permita adelantarlo. Como ya he explicado otras veces, la perdida de tiempo para el “preferente” es mínima, Para el atascado, ni se sabe.

En fin, las preferencias de paso que en otros tiempos estuvieron justificadas, como cuando los puentes eran tan estrechos (en la N-IV) que solo podía pasar un coche cada vez, hoy día tendrían que ser sustituidas por la tolerancia y a falta de ella, el culpable sería siempre quien con su vehículo embiste a otro.

ARTÍCULO 4º Quedan derogados todos los límites de velocidad genérica y específica. (Lo peligroso no es la velocidad, sino las circunstancias para cualquier velocidad) El conductor debe estar siempre en disposición de detener su vehiculo suavemente en el espacio que tiene a la vista y el que se accidentare, cualquiera que sea la causa, además de abonar todos los daños causados, propios y ajenos, perderá su carné por un mes la primera vez, por seis meses la segunda y definitivamente la tercera, tras lo cual tendrá de nuevo que acreditar su capacidad para manejar vehículos. Pero si en el mismo punto se produjesen tres o mas accidentes, la Administración estará obligada a indemnizar a todos los anteriormente accidentados en ese punto y a corregir inmediatamente el tramo peligroso.

Hace ya muchos años, cuando empezaron a utilizarse los radares para controlar los “excesos de velocidad” de los conductores, pronostiqué que la medida no serviría para reducir los muertos de carretera, como en efecto sucedió. Pero entonces las autoridades de tráfico arguyeron que, a pesar de los radares, los conductores seguían circulando a “velocidad excesiva”, por lo que redoblaron el esfuerzo ralentizador y multiplicaron los radares. Anunciado a bombo y platillo por las autoridades de tráfico, hubo un mes de tregua durante el cual no se impusieron multas y solo se enviaron a los conductores las fotografías del hecho punible. Pero, a pesar de que los nuevos radares instalados detectaron vehículos que circulaban a más de doscientos kilómetros por hora, durante ese mes no ocurrió nada especial y los muertos fueron los mismos de siempre. Después se creó la nueva figura del “carné por puntos” y los conductores empezaron a perder puntos a mansalva por “exceso de velocidad”. Finalmente se creó el delito de “velocidad temeraria” y los conductores “temerarios” empezaron a pasar por las cárceles, pero los muertos siguieron siendo los mismos que antes. Ya tenemos radares hasta en la sopa y curiosamente el Sr. Ministro del Interior ha reconocido que el número de denuncias se ha reducido notablemente, pero no ha sacado la conclusión evidente. Si con menos denuncias siguen los mismos muertos, significa que no hay relación directa entre las denuncias y los muertos o que la causa de los accidentes y muertos no es la que se denuncia. La razón es simple y la he explicado ya muchas veces, con la remota esperanza de que los responsables de tráfico de España y de todo el mundo la comprendan algún día. Tenía razón el sabio, Albert Einstein al decir que era más fácil desintegrar un átomo que eliminar un prejuicio.

La velocidad que alcanza hoy día cualquier vehículo a motor, grande o pequeño, es más que suficiente para crear la energía cinética bastante para organizar un buen desastre. Cualquier ciudadano, circulando en un pequeño ciclomotor a solo 50 kilómetros por hora, sufrirá, en caso de choque, el mismo efecto que si se hubiese lanzado al vacío con su vehículo desde un tercer piso. Salvo que se tenga mucha suerte, el golpe es mortal de necesidad. El pasado verano murió un chico al estrellarse con su vehículo contra un muro. Viajaba en bicicleta. Hace poco murió el tripulante de un trineo al estrellarse contra un cañón de nieve protegido.

Para estrellarse no hay velocidad adecuada, pero la solución no es limitar la velocidad, sino circular siempre a la velocidad que permita controlar el vehículo ante cualquier posible circunstancia. Pero como las circunstancias cambian en cada instante, es el conductor el único que puede actuar en consecuencia y si se equivoca, debe pagar su error severamente si dio lugar a víctimas mortales.

En todo este tema del tráfico, por muy extraño que parezca a la gente en general y a las autoridades “competentes” en particular, se parte de una premisa falsa; de un prejuicio: “La alta velocidad es peligrosa”. Pero no es cierto. La premisa correcta debería ser: “Cualquier velocidad puede ser peligrosa en ciertas circunstancias”. Lo peligroso no es la velocidad en sí, alta o baja, sino las circunstancias concurrentes para cualquier velocidad. También el verano pasado en un paso cebra murió una señora atropellada por un conductor deslumbrado por el sol. El conductor dio negativo en la prueba de alcoholemia y todos los testigos aseguraron que circulaba muy despacio. Solo iba a velocidad inadecuada.

Es curioso constatar que buena parte de las dificultades que en su historia tuvo la evolución y el desarrollo del automóvil, no procedían de problemas técnicos o mecánicos, sino de trabas legales o administrativas que como las estrictas limitaciones de velocidad o la famosa “Locomotivas Act” obligó por mucho tiempo a los automovilistas ingleses a circular precedidos de un hombre portador de una bandera roja indicadora del peligro que se aproximaba.

Pero además, la limitación de velocidad tiene varios inconvenientes graves. El primero es que crea atascos interminables. (Los estamos sufriendo cada día, aunque ahora se llaman eufemísticamente “retenciones”) El segundo, que los conductores están mas pendientes del velocímetro que del camino. La velocidad adecuada no puede estar supeditada al velocímetro, sino a las circunstancias del camino y mirar constantemente el velocímetro se convierte en una peligrosa y molesta distracción más. El tercero, lo digo por propia experiencia, que los conductores que se ven constreñidos en la velocidad tienden a aburrirse, amodorrarse y accidentarse.

Reducir los accidentes y muertos de tráfico, no pasa por limitar la velocidad ni por encarcelar a conductores presuntamente peligrosos, sino por educarlos desde la escuela y responsabilizarlos directa y severamente de sus propios fallos reales, no presuntos. Pasa por eliminar infinidad de sorpresas (puntos negros) de nuestras carreteras y por corregir a fondo su señalización, la peor con diferencia de cuantas conozco.

Pero si en un punto concreto se producen tres o más accidentes, no es porque por ese punto pasen más conductores mentecatos o irresponsables, que parece pensar la D.G.T., sino porque en ese punto hay “algo” que los conductores no ven o que ven cuando ya es tarde. Las autoridades deben averiguar qué ocurre allí y arreglarlo inmediatamente o ponerlo de manifiesto e indemnizar a todos los anteriormente accidentados en ese mismo punto.

ARTÍCULO 5º En carreteras convencionales estará terminantemente prohibido tocar el acelerador cuando se está siendo adelantado, para lo cual, sustituyendo a la tercera luz de freno, se implantará en la parte trasera de todos los vehículos una luz ámbar, indicadora de freno motor (deceleración) o acelerador inactivo.

Al parecer, un 30% de los accidentes de tráfico está constituido por el choque frontal o frontolateral que, sin duda, constituye el más grave de los posibles accidentes de la carretera. ¡Aquí si que no se salva nadie! Pero, según vamos viendo, las autoridades de tráfico están en la inopia sobre la etiología de este accidente, tan grave como frecuente, que, humildemente, les voy a explicar.

No siempre, pero generalmente, este accidente está provocado en carreteras convencionales por un mal conductor a bordo de un buen coche. Este individuo circula a cualquier velocidad por cualquier carretera, pero tan pronto observa en su retrovisor que otro conductor pretende adelantarle, acelera a fondo tratando a toda costa de evitarlo, especialmente si el vehículo que le adelanta es un coche “corriente”.

Naturalmente el suceso se produce siempre en una recta y la alta potencia del vehículo al que se pretende adelantar es suficiente para frustrar el adelantamiento. Hoy los coches buenos tienen una “reprise” impresionante. Pero como el mal conductor con buen coche se siente incapaz de abordar la primera curva a la velocidad emprendida, al llegar a ella dará un gran frenazo con el fin de poder tomarla a su aire, o sea, a paso de tortuga. Llega la próxima recta y el mal conductor con coche bueno vuelve a acelerar a fondo para impedir que el otro adelante. ¡Faltaría menos! A él y a su magnífico coche no puede adelantarlo, así como así, un mísero Renault. Así se establece un torpe pugilato, acelerón, frenazo, acelerón frenazo, uno intentando más o menos desesperadamente adelantar, porque además circular tras el otro es bastante molesto y el otro, resistiéndose “heroicamente” a ser adelantado. Cualquier cosa podría ocurrir. Todo depende de la paciencia del desesperado, porque, si se detiene a tomar café en el primer ventorrillo, con el fin de alejarse de tan molesto compañero de viaje, lo más probable es que a poco de reemprender la marcha vuelva a encontrárselo delante. Al final es probable que se dispare el mecanismo: “frustración, crispación, agresión-imprudencia-accidente”, que funciona siempre, aunque las autoridades de tráfico lo ignoren. Pero si ocurre lo peor, el “héroe” de esta historia quedará impoluto tanto legal como físicamente y podrá concurrir, si quiere, como testigo de cargo privilegiado del evidente “adelantamiento indebido”, dispuesto a repetir su “hazaña” a la primera oportunidad.

Todo ello podría ser controlado y evitado si en vez de la tercera luz de freno que se ha impuesto, útil en los EE.UU., porque allí los intermitentes traseros son también rojos, pero que aquí no añade ninguna información nueva, si se instalasen en los intermitentes traseros de los vehículos, lámparas de doble filamento que se encendiesen tenuemente con luz ámbar (5w) para indicar a los conductores que le siguen que el vehículo que les precede está decelerando aunque solo sea con el motor y que es probable una frenada mas intensa. Tendría la misma función de alerta que la luz ámbar en los semáforos. Los intermitentes seguirían funcionando como ahora con luz intermitente y más brillante (21w). El sistema no es nada caro y sería muy útil en el denso tráfico actual. No obstante, debemos reconocer lo evidente: que el control de la “velocidad excesiva” con los radares es muchísimo más cómodo y rentable, aunque desgraciadamente no evite los muertos de carretera.

ARTÍCULO 6º En autovías y autopistas estará terminantemente prohibido ocupar el carril izquierdo reteniendo a otros vehículos más rápidos. Se sancionará al infractor con la multa adecuada multiplicada por el número de vehículos retenidos en cada caso.

Cuando aún no se habían inventado los radares de carretera, ocurría a veces un fenómeno curioso. En un viaje normal, con tráfico completamente fluido, de pronto y sin que nadie imaginase la causa, empezaba este a congestionarse hasta límites insospechados, incluidas pequeñas paradas. ¿Accidente? ¿Avería? ¡Misterio! Al final se descubría que el problema lo estaba causando la pareja de la benemérita circulando delante con sus motos. Creo recordar que por entonces el límite de velocidad legal estaba en 100 kilómetros/hora y como ocurre ahora, el límite legal máximo coincidía con el mínimo razonable y la gente, al no haber radares, conducía a más velocidad de la permitida. Pero de pronto, un conductor se encontraba con que delante de él circulaba la pareja de la Guardia Civil a la mínima velocidad razonable que al mismo tiempo era la máxima legal y se preguntaba: ¿Cómo voy a adelantarlos si ya van al máximo? El resultado es que prudentemente se abstenía de adelantar y permanecía detrás de los guardias, con lo que empezaba a crearse la cola que podía cubrir decenas de kilómetros hasta producirse el “efecto acordeón”: parada arrancada, parada arrancada, hasta que los guardias se percataban del problema creado y se detenían o apartaban del camino con cualquier excusa. Superados los guardias, se acababa el atasco como por ensalmo. Es lo mismo que está ocurriendo ahora. Con la profusión de radares, lo único que se ha conseguido es que los guardias vayan siempre virtualmente delante. La congestión del tráfico es inversamente proporcional a la velocidad media de los vehículos que circulan. Si la velocidad se reduce a la mitad, (es solo un ejemplo) con el mismo número de vehículos circulando la congestión será doble y por ello, la velocidad se reducirá aún mas, con lo que se creará un círculo vicioso; a menos velocidad, mas atasco y a más atasco, menos velocidad. Es el llamado “efecto acordeón”.

Pero aunque la velocidad se liberase, este mismo efecto lo pueden conseguir conductores que circulando despacio impiden el paso a los que circulan más rápido. Por axioma, en cualquier caravana el vehiculo mas lento es el primero de la fila. Sobre todo en autovías y autopistas, es preciso evitar que esto suceda. Ya la Ley de Seguridad Vial lo dice en su Artículo 14 C: Fuera de poblado, en las calzadas con mas de un carril reservado para su sentido de marcha, (el conductor) circulará normalmente por el situado mas a su derecha, si bien podrá utilizar el resto de los de dicho sentido cuando las circunstancias del tráfico o de la vía lo aconsejen a condición de que no entorpezca la marcha de otro vehículo que le siga.

Pero esto no debe suceder solo cuando el carril a su derecha esté vacío. Aunque este estuviese lleno, que no es lo corriente, debe insertarse en él, aunque para ello tenga que frenar, hasta que hayan pasado todos los vehículos que retenía y entonces podrá volver al izquierdo si se encuentra libre.

Sería muy fácil de vigilar utilizando cámaras fotográficas o de video, mucho más baratas y asequibles que las de radar, en los lugares adecuados y multar a quienes obstruyen el paso, multiplicando la cuantía de la multa por el número de vehículos retenidos en cada ocasión.

ARTÍCULO 7º En todas las vías públicas no urbanas, estará prohibido detenerse o reducir extraordinariamente la velocidad sin abandonar antes totalmente la calzada, así como estacionar o establecer obstáculos imprevistos que puedan suponer una sorpresa o simple molestia (guardias dormidos) para los conductores, especialmente de noche.

Una de las causas más frecuentes de accidente, son las sorpresas y una de las sorpresas mas frecuentes son los vehículos parados o a poca velocidad en puntos inesperados o de visibilidad reducida. Los conductores tienden todos a pensar que el camino que tienen por delante es poco mas o menos igual que el que acaban de pasar, pero a veces, muchas veces, no es así y basta con que se distraigan momentáneamente pensando en otra cosa o mas sencillo aún, mirando el velocímetro, para que la sorpresa acabe en accidente. Para matarse no hace falta circular a gran velocidad. Ya 50 kilómetros/hora es el equivalente a un salto al vacío desde un tercer piso. Si al final no hay un grueso colchón que amortigüe el golpe, puede ser muy grave. ¿Nunca han dado un pequeño “toque” a una columna en un aparcamiento?

Los “puntos negros”, tan frecuentes en nuestras carreteras, que sin embargo no han dado pistas a nuestras autoridades de tráfico y carreteras para intuir donde y por qué se producen los accidentes, no son otra cosa que “algo” que el conductor no ve, o que ve cuando ya es tarde. Las autoridades “competentes” podrían dedicar algo más de su tiempo a averiguar en qué consiste ese “algo” y suprimirlo o ponerlo de manifiesto. No obstante, lo único que en estos casos se les ocurre es poner un límite de velocidad cuanto mas bajo mejor, con lo que además convierten el punto negro en punto lento y ¡santas pascuas!

Otro tanto es lo que ocurre con los “guardias dormidos”.No me refiero a los pasos cebra realzados. Esos lomitos prefabricados que se están generalizando en tantos pueblos y urbanizaciones (buenas comisiones que debe estar ganando alguien) suponen al pasar un martillazo de una tonelada a las válvulas de cada amortiguador del vehículo y cuando estas se averían, dejan de surtir efecto con gran riesgo además para la estabilidad del vehículo a velocidad normal. Sin embargo, a los dos segundos de pasado el lomo, no impiden circular a velocidad suficiente para causar graves heridas o la muerte al peatón que se ponga delante. Mucho mas eficaz sería que quien atropelle a un peatón en zona urbana debidamente señalizada, sea acusado de homicidio por imprudencia y cargue con la pena correspondiente. Sobrarían los lomos.

ARTÍCULO 8º Se suprimirán radicalmente las vallas bionda (los mal llamados guardarrailes) rígidas de todas las carreteras y serán sustituidas en los puntos convenientes por paneles inocuos indicadores del borde del arcén o cualquier otra información útil para los conductores.

Los mal llamados “guardarrailes”, tienen un nombre técnico: vallas bionda, porque están formadas por dos ondas de chapa de acero galvanizado, fijadas al suelo por viguetas también de acero, espaciadas cada dos o tres metros.

El conductor que necesite que una valla bionda corrija su trayectoria equívoca, debe ser inmediatamente suspendido de su ejercicio como conductor. Porque en lugar de la valla bionda, podría haberse encontrado con otro vehículo o con una partida de pacíficos ciudadanos jugando al mus. Las vallas no pueden estar para eso, porque si en vez del conductor inexperto, lo que tropieza contra ellas es algo más frágil, como un motorista que ha resbalado y caído de su moto, aún yendo muy despacio, lo que podría ocurrir y está ocurriendo con demasiada frecuencia, es que la valla le ampute un brazo o pierna, le corte el cuello o lo parta en dos. Las vallas rígidas deben ser erradicadas inmediatamente de nuestras carreteras y sustituidas por algo mas inocuo, que solo informe a los conductores de hasta donde pueden contar con terreno firme bajo sus ruedas. El conductor que no encuentre la protección de las vallas bionda para corregir sus errores, puede que se despeñe, pero además debe serle retirado el carné por un mes si es la primera vez y ser acusado de imprudencia temeraria si causó alguna víctima mortal. Es absolutamente necesario crear una nueva generación de responsables y leyes de tráfico menos paternalistas y conductores más libres, pero mucho más responsables de sus actos. El caso del conductor que pide a los padres de su víctima una indemnización por los daños sufridos por su coche en el accidente del que él fue el único culpable por conducir a velocidad inadecuada, no debe repetirse.

ARTÍCULO 9º Tolerancia cero para el alcohol. Mucho más peligroso que un conductor ebrio es un conductor “alegrete”, para lo que basta con muy poco alcohol.

Todas las drogas son peligrosas si se está ejerciendo algún trabajo que requiera concentración. Pero el alcohol tiene además un inconveniente; es la droga nacional y está perfectamente considerada por la sociedad. No hay reunión de amigos que no se celebre con una copa. Pero esa copa, tiene la facultad de alegrar el ánimo y desinhibir el espíritu. Aquí está el problema. Quien ha bebido esa copa, se siente feliz y se cree el rey del mambo. Es capaz de arrostrar todos los peligros y actúa como jamás habría actuado si no hubiese ingerido esa copa. Ha perdido la noción del riesgo. La imprudencia mas temeraria es posible y para eso no hace falta mucho alcohol según que persona. Por eso, si se conduce, el alcohol ni probarlo. “La conducción es incompatible con el alcohol”, que dicen ahora los paneles de Tráfico, en vez de “En carretera una copa de menos”, que decían hace años.

Al frecuente control de alcoholemia de los conductores y al forzado uso de los cinturones de seguridad, se debe el leve descenso que ha tenido la tasa de fallecidos en nuestras carreteras durante el último año. Los muertos por velocidad inadecuada, siguen y seguirán siendo los mismos, también en Barcelona, donde el límite establecido de 80 por hora es más que suficiente para que ocurra cualquier tragedia.

Aunque es cierto que a más velocidad más polución y mas consumo (la resistencia del aire es proporcional al cuadrado de la velocidad; R=KSv2) también es cierto que a mas velocidad menos tiempo de polución, con lo que una cosa compensaría a la otra, pero si, como es muy probable, se crean atascos, todos los cálculos de polución se irán al garete. Todo ello sin contar con que, muchas veces, el tiempo tiene más valor que el combustible.

ARTÍCULO 10º El uso del cinturón de seguridad será potestativo, pero, en caso de accidente, el no usarlo llevará aparejada la pérdida del derecho a la asistencia gratuita.

Hay quien cuestiona el uso del cinturón de seguridad y está en su derecho. Hay veces en que, debido al nerviosismo o a cualquier otra causa, el cinturón de seguridad puede impedir la salida a tiempo de un vehículo incendiado o sumergido. Sin embargo, son muy pocas las veces que esto sucede y en cambio, son infinidad las veces que el cinturón puede librar a los ocupantes de un coche accidentado de un golpe mortal. Estoy seguro de que si estos reticentes al uso del cinturón pudiesen comprobar lo que ocurre en un choque seco a solo veinte kilómetros por hora con el cinturón de seguridad puesto, cambiarían de opinión.

DISPOSICIÓN TRANSITORIA. La Administración pondrá a disposición de los usuarios a la entrada de las ciudades y pueblos los necesarios aparcamientos públicos, disuasorios y asequibles, donde se podrán alquilar los medios de transporte individuales para circular por la ciudad (taxis o bicicletas) o acceder a los adecuados transportes públicos colectivos, que deberían tener el camino expedito y ser suficientes, cómodos, rápidos y sobre todo puntuales.

Todas las ventajas que pueda ofrecer un servicio público de transporte; comodidad, rapidez, limpieza, etc. se van al garete si carece de puntualidad en el servicio. En las paradas de autobús de casi todas las ciudades de Europa existe un horario minutado en donde se puede ver el minuto exacto en que llegará el próximo autobús y he comprobado que se cumple puntualmente.

UN AÑO MAS

Según la “Teoría de la Homeostasis del Riesgo”, formulada por el psicólogo canadiense Gerald Wilde, tras estudiar el problema durante más de 25 años y dada a conocer en su libro, “Target Risk”, publicado en 1988, “La seguridad está en la gente, o no está en ninguna parte”. Dicho de otra forma, “La posibilidad de la seguridad radica en el ser humano, no en las máquinas, normativas o ambientes prefabricados por el hombre”.

Semana tras semana, mes tras mes, año tras año, comprobamos que a pesar de la multiplicación de radares y el carné por puntos, los accidentes y muertos de tráfico siguen siendo sensiblemente los mismos. El número de muertos de carretera tiene carácter aleatorio y depende en gran medida del tiempo atmosférico. El leve descenso que últimamente se observa, se debe al mayor control de alcoholemia y a la intensa campaña que la D.G.T. ha emprendido sobre el uso obligatorio del cinturón de seguridad, que estos si que son determinantes para reducir la mortandad.

El hecho, fácilmente comprobable, de que casi ninguno de los conductores a los que se han detraído puntos de su carné por “exceso de velocidad” había tenido antes algún accidente ni siquiera leve y son sin embargo numerosos los conductores que han tenido accidentes gravísimos con víctimas mortales que conservan intacta su dotación de puntos, debería haber hecho pensar a las autoridades que “algo” está mal en las medidas de seguridad aplicadas al tráfico. Las autoridades “competentes” en todo el mundo, deberían haber comprobado ya experimentalmente que, a pesar del prejuicio imperante, el control exhaustivo de los límites de velocidad no guarda excesiva relación con la mortalidad en carretera.

La razón es evidente. Casi todos los accidentes graves se producen a velocidad legal por razones que nada tienen que ver con ella; fatiga, sueño, distracciones, sorpresas, etc. Las mismas autoridades de tráfico reconocen que los accidentes no suelen producirse en los viajes largos (donde mas velocidad podría alcanzarse), sino en los cortos, próximos al domicilio habitual. Lo que no quiere decir que a velocidad ilegal no se produzcan accidentes, pero son menos frecuentes porque entonces el conductor pone los cinco sentidos en lo que está haciendo. Como hemos repetido hasta la saciedad, el peligro no está en la velocidad, sino en las circunstancias para cualquier velocidad o en la velocidad inadecuada a las circunstancias circundantes. Velocidad tan moderada como 50 kilómetros es suficiente para causar un buen desastre. Pero los conductores, tienden a creer que velocidad legal es garantía de seguridad vial y desgraciadamente no es así.

Es cuando menos curioso y sorprendente constatar, que cuando la gente lee en el Artículo 4º de mi Decálogo que quedan derogados todos los límites de velocidad, interpreta enseguida que los conductores han de lanzarse a tumba abierta a correr por todas partes todo lo que permitan sus vehículos y sin embargo nada mas lejos de la realidad. Contra este criterio absurdo y excesivo, se yergue el Artículo 1º, que dice taxativamente que los conductores serán siempre responsables, civil y criminalmente, de TODOS los daños causados por el vehículo que conducen. Es decir, se traslada la responsabilidad del paternalismo institucional y legal al propio conductor que ha de prever SIEMPRE todas y cada una de las circunstancias que puedan presentarse en su camino y si se equivoca, debe pagar muy duramente su error. El caso del conductor que tras matar a un ciclista reclamaba a sus padres por los daños causados a su coche por el ciclista, no podría volver a repetirse. Esa es la clave.

La velocidad adecuada y por tanto segura en principio, (ninguna velocidad es absolutamente segura) no depende de la ley sino de las circunstancias. Por ninguna autopista se puede circular a 120 si hay placas de hielo, por más que la Ley lo permita y en cambio se podría circular con total seguridad por una carretera comarcal a mucho más de ciento veinte, cuando las circunstancias lo permitan, pero solo entonces, aunque la Ley lo prohíba. Pero en cada caso, es solo el conductor quien puede discernir bajo su propia responsabilidad si puede o no circular a determinada velocidad por tal o cual carretera y en tal o cual circunstancia y si se equivoca debe pagarlo muy duramente. Pero el castigo debe aplicarse solo ante hechos consumados y no presuntos. Según sentencia muy reciente de la Audiencia de Burgos, parece que la justicia esta tomando ya consciencia de este hecho.

Constantemente estamos viendo tanto en ciudad como en carretera a conductores que circulan alegre y confiadamente a velocidad legal, pero claramente inadecuada en ese momento, porque la legalidad no tiene para nada en cuenta a las circunstancias y para la seguridad, estas son definitivas. Seguramente estos conductores ignoran que a esa velocidad, aunque sea legal, pueden fácilmente matarse o causar la muerte a otras personas. Por eso, en mi Decálogo, cargo toda la responsabilidad en el conductor, que debe ser EN TODO MOMENTO dueño del movimiento de su vehículo, sin que haya ninguna circunstancia que le exima de esta suprema responsabilidad. Pero al mismo tiempo tiene derecho a ser informado puntualmente de TODO lo que pueda afectarle en su camino y si en algo no fue debidamente informado a tiempo, (puntos negros) debe trasladarse la responsabilidad al funcionario que no cumplió con su obligación de informarle adecuadamente. En este aspecto, las carreteras de los EE.UU. son paradigmáticas. El aviso en la taza de café del bar de una gasolinera americana es ejemplar: “Tenga cuidado, porque el contenido de esta taza podría estar muy caliente”.

Aunque el riesgo cero no sea una meta lógica, porque significaría quedarse en casa y renunciar a circular, será esta la única forma de que los conductores asuman exclusivamente el riesgo indispensable para la buena marcha de su gestión.